Texto de Güistar Longevas
La ingravidez púrpura
Güistar Longevas
En el funeral de Doña Guille, los presentes me trataban como si yo la hubiera perdido más que ellos. Desde mis primos, mis tíos hasta los vecinos. Todos tenían un abrazo, un apretón en el hombro y alguna frase con la que buscaban darme consuelo.
—Tienes que ser fuerte, mi’jo.— Me dijo un tío.
—Es duro, pero tendrás que salir de esta, mi niño.— Me encomendó una vecina.
—No hay palabras, no hay palabras.— Escuché muchas veces.
Pero lo cierto es que no solté lágrima alguna, creo que tampoco podría decir que estaba triste. Realmente me sentía preocupado en aquel momento de que no se acabara el café y que estuviera caliente, incluso identifiqué la tienda más cercana para ir a comprar más por si hacía falta. También tenía listos pañuelos de papel y servilletas para cuando notara que la nariz de alguien lo necesitara. Me sentía como si estuviera en un día laboral pero atendiendo a mi familia en vez de a los comensales. No es que no hubiera querido a Doña Guille, creo que es a quien más quería en este mundo, pero en ese momento la tristeza parecía poseer a todos los demás presentes de la funeraria y se había olvidado de mí. Cuando me asomé a la tumba, sentí que habían vestido a Doña Guille innecesariamente elegante, ella no le gustaba arreglarse mucho, ni siquiera para la boda de sus nietos, tan sólo se ponía unos aretes largos que hacían juego con algún collar y se presentaba con la misma ropa que la verías todos los días. A fin de cuentas, jamás la verías fachosa, así que con ese conjunto de joyería era más que suficiente. Pero por insistencias de sus hijas e hijos, la metieron en el féretro con un floreado vestido que estoy seguro que en vida jamás habría querido, así como unos pequeños y brillosos aretes que me hacía difícil reconocerla así. Creo que me hubiera molestado, pero mi enojo estaba concentrado en que se habían acabado las
suavicremas de la mesa y sólo quedaban esas insípidas galletas en forma de flor.
Era mi abuela, madre de mi madre, lo más cercano a una madre que tuve (y a un padre), pero no la llamaba “mamá”. “No me digas, así, Chente. Yo no soy tu mamá”, recuerdo que me dijo una vez cuando era pequeño. Doña Guille siempre fue Doña Guille para mí, así como para sus otros nietos y hasta para los vecinos. No le gustaba que le dijeran abuela, regañaba a quien lo hiciera. Una vez me enteré que para unos primos ella era la abuela enojona, mientras que su otra abuela era la consentidora. Yo no tuve manera de comparar entre abuelas, pero para mí Doña Guille no era enojona, claro que tenía su carácter, pero también podía ser muy cariñosa, a su manera. No repartía muchos abrazos, pero apapachaba con su caliente pozole. No recuerdo que me dijera te quiero, pero tengo presente las veces que iba de mercado en mercado, de tianguis en tianguis, para conseguir todos y cada uno de los ingredientes necesarios para hacer el mole como a mí me gusta, cuando los juntaba todos los llevaba a la molienda y se quedaba ahí, observando cómo lo trituraban y lo ponían en su bolsa, atenta a que le pusieran toda la mezcla, sin que descuidaran pizca alguna.
La noche tras el entierro, no dormí, había dejado la cortina de mi ventana abierta y estuve horas mirando la silueta de la luna asomarse entre oscuras nubecillas que transitaban empujadas por el viento; así pasaron varias hasta que por fin la luna se apartó de mi vista. Busqué la tristeza entre mis pensamientos, encontré muchas razones para llorar pero mis ojos permanecieron secos. La oscuridad nocturna se tornó en una mañana grisácea, las nubes se tiñeron de tonos rosados y violetas, mientras una sutil y retorcida línea púrpura se extendía lentamente en el cielo, quizá un efecto de la refacción en mi ventana, pensé.
Las mañanas comenzaron con un notorio silencio, así que encendí la radio y dejé la estación que Doña Guille había elegido la última vez. Me encargué de hacer el ruido que ella hacía al cocinar, al barrer, sacudir y trapear. Incluso intente repetir la tonada que tarareaba al regar sus plantas, especialmente con el lirio de la paz que tanto le gustaba, era a lo único que Doña Guille llamaba “mi amor” con una voz suave; de hecho, creo que era a lo único que hablaba con ternura. En fin, adquirí parte de sus rutinas diarias a las mías, siempre que estaba en casa me esforzaba para que no se notara su ausencia. Curiosamente, no sentía el peso de su ausencia. Sin una sensación similar a la tristeza pese a su pérdida. De hecho, creo que yo mismo llené el hueco que dejó en el hogar. Así seguí por varios meses, sin detenerme aunque no dejase de pensarla, era como cumplir con las obligaciones que ella ya no podía hacer, sin lágrimas pese a ya no volver a verla.
Algo que sumé a mis días fue salir a correr en las tarde-noches, así mi cuerpo comenzó a pedirme descanso. Creo que es lo que me hacía falta, la agitación, el movimiento para sacudir un poco la mente, despejarla y así abrir espacio a los sueños. Un día de tantos, salí al parque de siempre. Al trotar mientras se acercaba el final del día, la cálida luz dorada llamó a las sombras, que se estiraron reclamando el concreto, la tierra, el pasto y hasta la pista por donde trotaba. Mi cuerpo se movía con tal ligereza que el sonido de las pisadas se confundían con terrosas caricias al suelo húmedo. Las copas de los árboles parecían subir y descender con mesurada sutileza, me pareció figurar que me seguían el ritmo. Mi respiración se sentía distinta, como si al tomar aire mis pulmones quisieran succionarlo todo, mientras que mis exhalaciones eran soplidos tan pequeños como si quisieran resguardar el dióxido de carbono. Miré mi alargada sombra y me pareció que iba atrasada a mi trote, levemente desincronizada, como si se desprendiera de mi. Todo se me hacía impropio, las pisadas, la respiración y hasta la sombra. Tendrá que ver, pensé, en que el camino de la vida se transforma con cada paso que da la muerte.
En casa, estaba echado en el sofá buscando algo bueno que ver en la tele, hasta que sentí que el asiento de la derecha del sofá se sumió lentamente. Al voltear, me encontré a Doña Guille limpiando chícharos en un tazón. Me emocioné pero sin saber por qué, mi cuerpo había estallado internamente en una extraña alegría melancólica; no sé si eso tiene sentido. La miré y Doña Guille me miró también, sus ojos eternamente casados provocaron una marea de pensamientos silenciosos en mi cabeza. Quise decirle algo, pero las palabras se enredaban antes de ser pronunciadas y mi boca sólo temblaba con torpeza.
—Ya me tengo que ir.— Le escuché decir antes de que moviera los labios.
¿A dónde? Quería preguntarle, pero mi boca se cerró abruptamente y todo sonido propio se encerró en mi interior. Doña Guille me extendió el tazón, lo tomé y vi que estaba lleno de patas de pollo perfectamente peladas. Ella se levantó y caminó hacia la puerta que se abrió ante su cercanía. Me levanté de inmediato y accidentalmente tiré el tazón con almendras al piso. Doña Guille seguía caminando pese al escándalo de mis apresurados pasos. Cuando por fin la alcancé se volteó en seco y me miró profundamente, quedé petrificado, con ganas de decir algo, de hacer algo, pero sin saber qué, permanecí inmóvil. Sus labios se apretaron en esa peculiar sonrisa que le conocí por muy contadas ocasiones. Extendió su brazo y me tocó con la palma suavemente el costado del abdomen.
Me desperté, mi respiración recuperaba el aire que ya necesitaba sin saberlo. Pero la confusión sólo aumentó en mí cuando vi el techo a escasos centímetros de mi nariz. Al dar vuelta en mí, sentí cómo las sábanas se deslizaban de mi cuerpo y vi que cayeron en mi cama, la cual estaba extrañamente debajo a un par de metros. ¿Sigo dormido? Me pregunté, porqué estaba flotando. Me mordí el brazo y me dolió, conté los dedos de mis manos y me aseguré que eran 5 de cada una, era notorio que lo que vivía era real aunque inexplicable. Extendí mis brazos, estiré mis piernas, intenté nadar y hasta imité el aleteo de un ave, pero no me moví de donde me suspendía. Apoyé entonces las plantas de los pies en el techo y de un impulso me lancé a la cama, conseguí tocarla con todo el cuerpo, pero la fuerza que me hacía flotar me elevó al instante, aunque logré sujetar antes mi almohada y la llevé conmigo al techo. La arrojé a lado y esto me impulsó a la pared contraria, a la que di una pequeña patada para impulsarme a un librero, donde me agarré de los estantes como si fueran escaleras y así me acerqué a la chapa de la puerta del cuarto, la cual conseguí abrir después de un rato, no es fácil abrir una puerta de cabeza.
Me moví por el pasillo empujando ligeramente las paredes, cuando llegué a la lámpara del techo, me agarré de esta y apunté al cuarto de Doña Guille, pues ahí tenía un teléfono al que pretendía llegar para pedir ayuda, pero me detuve a reflexionar; ¿Qué diablos diré cuando marque a emergencias? Van a pensar que estoy drogado, loco o que simplemente les quiero tomar el pelo, pensé por un instante hasta que decidí ignorar mis especulaciones. El cuarto estaba con la puerta emparejada, aún esperando a su señora para resguardarla en la calma de su espacio. Se alcanzaba a ver la cobija rosa perfectamente extendida en su cama, tal como ella lo dejó, perfectamente tendida como le gustaba. Al fondo aprecié el teléfono sobre un buró. Me preparé para impulsarme con la lámpara, muy lentamente para no hacer ruido, como no queriendo perturbar el solitario cuarto, hasta que me detuve en seco nuevamente. Al fondo del teléfono estaba esa muñeca de cabello negro y vestido azul que de niño me daba miedo, pero cuando fui creciendo me acostumbré tanto a ella que hasta le agarré cierto cariño. Pero en ese momento, a meses de la pérdida de su dueña, me llenó de una enorme sensación de preocupación, como si me lanzara una advertencia de no entrar, que me mantuviera alejado del cuarto y no me arriesgase a someterme a los objetos, olores y recuerdos que ahí se guardaban. Me deslicé con ayuda de la lámpara para darle la espalda y miré al vacío un rato, hasta que me entraron fuertes ganas de orinar.
Me jalé con la lámpara para lanzarme al al baño, donde empujé la puerta para entrar y logré flotar hasta la pared de la regadera. Me sujeté de esta y escalé descendentemente hasta alcanzar las llaves, me aferré a estas para caminar por la pared, lo hice lentamente por el poco control que tenía en mi centro de gravedad. Tras mucho esfuerzo, logré colocar los pies en el piso, pero era como si este me rechazara, mis pies y el suelo se juntaban tan forzadamente como dos imanes que intentas juntar desde el mismo polo. Me solté de una llave y el rechazo del piso me lanzó de nuevo al techo, abriendo accidentalmente la regadera y empapándome la mitad del cuerpo. Apoyándome con la otra llave, cerré el flujo de agua y traté de sacudirme en el aire lo más que pude. Al darme cuenta lo inútil que sería intentar usar el escusado, me bajé el bóxer para poder orinar en la coladera de la regadera, pero por más que intenté relajarme, mi pipí no salió, dejándome con la incómoda sensación de tener la vejiga llena.
Algo se quebró, el abrupto sonido vino de la sala, algo frágil pero pesado acaba de azotar en el piso. ¡Las plantas! Me subí el bóxer y apoyé las piernas en la pared, me lancé de un salto para cruzar el marco de la puerta y a empujoncitos me trasladé por el pasillo. Al llegar por fin a la sala, me frené con una alacena alta y al revisar qué se había caído encontré en el piso al lirio de la paz, cuya maceta se había quebrado en varios pedazos esparcidos junto con la tierra, mientras que las raíces yacían indefensas en la duela junto a las hojas y tallos, algunos quebrados. Sentí un vacío en la boca del estómago, el ver la planta en tal estado me removía las entrañas y encendía la desesperación. Abrí la alacena y al querer sacar un enorme tazón de plástico, para el seguir algo mojado, este se me resbaló y cayó junto con todos los demás
toppers que guardaba en su interior.
¡Qué me pasa! Me reclamé fúrico, me sacudí en mi frustración provocando que diera vueltas en el aire, al no poder detenerme grité, pero seguía girando sin control. Sin pensar en lo que hacía, solté un puñetazo al techo, lo que me lanzó súbitamente al piso y me golpeé la espalda con los
toppers. Pese al dolor, reaccioné de inmediato y alcancé el tazón que pretendía sacar en un inicio, lo conseguí y sentí el enorme placer de que algo me había salido por fin bien.
Me elevé hacia el techo con el tazón entre mis manos, pero al mirar hacia donde yacía el lirio, sólo encontré la maceta quebrada y la tierra esparcida por el piso. Busqué desesperadamente a la planta, me impulsé a la sala para intentar encontrarla, pero no tuve éxito.
La estridencia de un trueno me sobresaltó en un instante, al voltear a la ventana, me percaté que en el cielo, a lo lejos, una extraña grieta púrpura se abría a lo alto. Me quedé impactado por tal espectáculo fuera de lo común, pero mi atención se dirigió por completo al lirio, el cual por fin encontré, pero sin razón alguna, flotaba en el cielo, había salido por la ventana y se alejaba de mi hogar. Sin pensarlo mucho, me dirigí a la ventana, la abrí por completo, me apoyé con los pies y las manos en el marco y me lancé así en dirección de la planta. Floté con rapidez hacia ella, estaba dispuesto a recuperarla a como dé lugar. El lirio lucía muy lejano del piso, ascendía con bastante velocidad, pero mi impulso logró ser lo suficientemente fuerte como para alcanzarlo en poco tiempo. Lo sujeté de una de sus raíces, cerca del tallo. Me sentí tan afortunado de tenerla conmigo, pero la planta comenzó a elevarse con mayor velocidad. Me aferré a ella tanto como podía, era tan veloz que sentía como tiraba de mi brazo, por lo que con mi otra mano me sostuve también de sus raíces para evitar soltarla. Me daba miedo que fuera a quebrarlo con mi agarre y por su fuerza al dirigirse al cielo, pero el lirio parecía resistir sin problemas.
Detrás de la planta, ví como el cielo se partía más, haciendo crecer la grieta púrpura en el cielo mientras nosotros nos dirigíamos a ella. Pataleé como si quisiera nadar en dirección contraria junto con la planta, pero esta seguía su rumbo, cada vez con mayor velocidad, tanta que me era muy difícil poder sostenerme a las raíces de la planta.
—¡Espera, si seguimos así me voy a resbalar!
Como si la cuna de Moisés me hubiera escuchado, sus raíces crecieron y se enredaron entre mis dedos y luego alrededor del dorso de mis manos hasta mis muñecas. Esto me alegró, me hizo creer que la planta no quería irse, por lo que la jalé hacia mí, sin embargo, la planta no dejaba de ascender y me llevaba con ella. Al fondo, la grieta púrpura crecía más, su tamaño era inconmensurable, amenazaba con tragarnos. El aire era cada vez más difícil de respirar y la temperatura comenzó a bajar drásticamente. Sentí tanto miedo que me sorprendí que aún así no pudiera ni llorar ni orinar.
Las raíces que se enredaban entre mis dedos y manos, se extendieron alrededor de mis brazos, me apretaron tanto que noté como la carne se me hinchaba completamente enrojecida. Entre más nos acercamos a la grieta púrpura del cielo, sentía más y más frío. Noté que salía vaho de mi boca como chimenea, mi respiración estaba tan acelerada como mi pulso, podía sentir las palpitaciones de mi corazón resonar hasta en mi cabeza.
—No puedo seguir, detente, por favor.— Le rogué al lirio, pero seguían creciendo sus raíces por todos mis brazos, los cuales ya no podía percibir como parte de mi cuerpo. Continuaba arrastrándome por el cielo hacia esa misteriosa abertura que en ese momento vi tan grande, que no podía ver otra cosa
—Por favor, no puedo más.
Contraje mis piernas intentando guardar algo de calor, pero era inutil, no podía abrazarme con los brazos siendo estrangulados por las raíces de la planta. Tiritaba y trataba de mantenerme despierto, pero me sentía tan cansado, tan lastimado e impotente, que la oscuridad se apoderaba de mi vista. Mis ojos no podían centrarse en reconocer lo que percibían, todo era borroso y mis párpados me pesaban demasiado.
¿Qué ingredientes usaba Doña Guille en el mole? Al molino llevaba chiles mulatos, creo que también pasilla, ¿no? O era otro. Cebolla, claro que sí. ¿Una cabeza de ajo? O eran unos dientes, creo que dependía. Hojas de laurel, esas sí me acuerdo bien. Almendras, qué rico, cómo me gustaría comer una. Cacahuates, creo que sí, o sólo los usaba para botanear. También pepitas, si no mal recuerdo, ¿O se botaneaba las pepitas y usaba el cacahuate? Igual eran ambos. ¿Por qué no le pregunté antes? ¿Por qué no lo apunté? ¿Por qué se tuvo que ir? Doña Guille, aún había muchos moles que preparar, yo le hubiera ayudado, en verdad. No se tenía por qué ir, no se tenía que morir. La verdad es que siempre quise saber cómo hacía su mole. Siempre quise aprender de usted. ¿Por qué no le di las gracias por cuidarme? Por ser tan bella, siempre haciendo las cosas a su manera.
Una gota me cayó en el párpado, al abrir los ojos vi que Doña Guille me sujetaba de los antebrazos. Otra gota me pegó en el ojo, al fijarme, me percaté que Doña Guille lloraba y sus lágrimas caían en mi rostro. Quise acariciar su mejilla, pero ella me apretó con fuerza los brazos. Su agarre era desesperado y agresivo, pero su rostro reflejaba tristeza y confusión. Era difícil reconocerla así, pues siempre se había mostrado tan fuerte. Ahora, tras tantos años, notaba su fragilidad. La sujeté suavemente de sus antebrazos y lentamente acerqué mi frente a sus manos, cuyos temerosos dedos se hundían en mi piel.
—¿Sabe, Doña Guille?— Le hablé con cariño. —Nunca se lo dije, no supe cómo, pero siempre quise volver a tomarla de la mano al caminar como lo hacía cuando era pequeño. De grande extrañé mucho ese contacto con usted, ¿me explico? Y ciertamente, siempre me aguanté mucho las ganas de abrazarla y decirle que la quería. Que la quiero, en realidad, muchísimo. Pero no sabía cómo hacerlo, ahora veo lo fácil que en realidad es.
Me incliné al dorso de sus manos y le di un beso en cada una.
—La quiero mucho, Doña Guille.
Ella dejó de apretarme. Aproveché, muy despacio, para liberar mis brazos y me acerqué a ella para abrazarla con suavidad. Cuando la tenía de cerquita, me apreté ligeramente contra ella. En mi pecho, ella apoyó su frente.
—Nunca le gustó que así la llamara, pero ciertamente para mí usted fue una gran abuela. Incluso fue la mejor madre que pude tener. Y le agradezco tanto por todo el amor que me dio.
Doña Guille me abrazó también, su respiración se agitó mientras pegaba más su frente a mi pecho, me di cuenta que ella lloraba con auténtica libertad. Acaricié su cabeza y sentí como una lágrima acariciaba mi mejilla, luego la otra mejilla y una más en la anterior. Cerré los ojos para sólo concentrarme en el abrazo de mi madre.
Tras un rato, Doña Guille me palmeó ligeramente la espalda. Al separarme de ella y abrir los ojos, me encontraba flotando en el cielo, pero mis brazos no estaban enredados por las raíces de la planta ni el apretón de Doña Guille. Me percaté que mucho más adelante de mí, el lirio de la paz se alejaba, entrando en la extraña abertura del cielo la cual lucía más pequeña. Lo entendí, yo estaba flotando al sentido contrario de la planta, del agujero púrpura, descendiendo poco a poco. Una estela de gotas se formaba frente a mí, eran las lágrimas que se desprendían de mis ojos, lágrimas de una tristeza que me aliviaba. A lo lejos la planta entró dentro de la grieta púrpura y esta se comenzó a cerrar hasta borrar todo detalle de su rastro en la inmensidad del cielo.
Descendí con suavidad hasta llegar a la ventana de mi casa, entré por esta y por fin pisé firmemente el suelo. La ingravidez de mi cuerpo había desaparecido, di un salto para asegurarme y aterricé en mis pies como la naturaleza lo dicta. Miré el piso de la sala, donde aún yacía la tierra extendida de la planta y los trozos de la maceta. Me agaché a recoger algunos y noté que mis brazos tenían grabadas las cicatrices dejó las raíces del lirio. Acaricie las nuevas marcas con cariño hasta darme un abrazo a mí mismo, fue ahí donde mi vejiga volvió a hacerse presente con su necesidad de vaciarse.
Al ir al baño, por fin pude orinar como quería y ahora una sensación de paz inundó mi cuerpo.
Última modificación: 2025-06-08 13:47 (hora CDMX)