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Texto de Alexander

5 de junio del 2025

“Hoy no será el día de mi suicidio…”

Escribí en mis hojas matutinas, como mi psicóloga me sugirió. Ella insistió en que cada día que despertara con pensamientos suicidas, hiciera esta afirmación. Al soltar la libreta en mi mesa de noche, me doy cuenta de que no ayudaba en mucho.
Miré mi reloj y le pedí a mi cuerpo que saliera de la cama, pero cuando levanté la sábana, el frío otoñal me recordó que es más seguro quedarse. Quizá así evitaría tantas preguntas incómodas. Cuando tienes un intento de suicidio fallido, quienes más te quieren te miran con preocupación constante, como si fueras a aventarte desde el 5º piso de cualquier edificio por el que pases; otros, piensan que solo quieres llamar la atención. Lo que ellos no saben es que yo no quería fallar.

—Hijo, ¿estás ahí?

Mi madre viene desde hace una semana todas las mañanas a mi cuarto a asegurarse de que no me haya quitado la vida la noche anterior.
“Francamente quisiera no estarlo” —pienso.

—Sí, ma, solo que hace frío y no tengo muchas ganas de pararme.

Tardó unos instantes en contestar, supongo que pensando en cada palabra, como últimamente lo hacía.

—Cuando estés listo, te espero en la sala.

Me hace leer todos los días un párrafo de la Biblia, sin saber que eso me hace sentir peor. El hecho de que ese libro habla constantemente del gozo de la vida —cosa que llevo años sin sentir— me hace odiarme a mí mismo, porque sé que de verdad ella lo intenta. Y no me parece correcto que, a sus casi 50 años, se tenga que estar mortificando tanto por mí.
Tomé mi celular y vi un mensaje de mi mejor amiga:

“Espero no te hayas matado aún, ya no me queda mi vestido negro”.

Karla me saca probablemente la única sonrisa real del día. Ella y yo bromeamos siempre de nuestros problemas, y le pedí que mi intento de suicidio no fuera la excepción. Creo que es la única que de verdad entiende mi trastorno depresivo mayor… que, bueno, siendo estudiante de medicina, supongo que no es la gran ciencia. Ella bien sabe que algún día ya no estaré, pero, según mi afirmación, ese día no es hoy.

“Hay venta nocturna este fin de semana, deberías aprovechar” —escribí.

Ella fue la que me encontró hace una semana en mi cuarto. Llevaba varios días sin poder conciliar el sueño, y mi dosis de clonazepam ya no hacía efecto. Así que seguí los consejos de un amigo químico para potenciarlo. Me contó que el alcohol multiplica las dosis de los medicamentos, y después de haberme pasado dos pastillas con vodka y no percibir ningún efecto, tomé otro par. Pasaron unos cinco minutos —que me parecieron horas— y consumí nuevamente otras dos. Cuando me di cuenta, ya había consumido doce pastillas y el vodka estaba casi vacío. No me importaba realmente el número; lo único que quería era dormir. Y si un efecto secundario era ya no despertar, en ese momento no me importó.
Mi madre se encontraba en su salida quincenal con amigas, así que no iba a volver hasta muy tarde. Y, por alguna extraña razón, Karla fue a mi casa. Como buena amiga de borracheras, tiene copia de la llave de mi casa. Horas después desperté en un hospital. Y mi madre por fin se enteró de que tenía depresión. Me intentó mandar al siguiente día con un psicólogo y yo le dije que ya tenía uno. Y entonces me mandó con un psiquiatra. Sé que no fue intencional, pero tres días después ya toda mi familia lo sabía (Thank you, Mommy). Y se lo terminé contando a algunos amigos de la universidad porque, si no, me sacaban del trabajo final de semestre.

Después de leer unos versículos de Levítico (mi libro menos preferido de la Biblia), me fui directo a la universidad. Me bajé del transporte público unas cuadras antes para relajar mi ansiedad.
Y mientras pasaba por una avenida concurrida, una idea intrusiva me llegó, pensé en saltar delante del próximo tráiler que se atravesara. Quizá Karla y mamá creerían que fue un accidente. ¿Por qué no se me ocurrió antes del primer intento?
Le di una última oportunidad a la vida: si el próximo tráiler que pasara era rojo o negro, me aventaría; si era de cualquier otro color, no lo haría. Me detuve y miré hacia abajo. Me permití usar mi oído. En cuanto escuchara un tráiler, iba a dejarlo acercarse, y cuando estuviera en mi vista periférica, lo voltearía a ver: si era rojo o negro, saltaría hacia adelante; si no era así, saltaría hacia atrás. Así me evitaba pensar tanto en el impacto.
Me pregunté, como tantas otras veces, de dónde venía mi depresión, mi ansiedad y mi constante estrés. Mi psiquiatra me dijo que hay gente que simplemente tiene que vivir con ese trastorno toda su vida, y se me hizo totalmente ridículo. Depender de unos medicamentos para sentirte medianamente bien.
Escucho un tráiler. Calculo unos segundos para que llegue a mi frente.

Perdóname, mamá, pero si gano la apuesta, yo creo que hasta descansarás.
Perdóname, Karla, te dije que te avisaría, pero tú mereces algo mejor.
Acepté mi destino, sea cual sea, y le di a Dios gracias por acompañarme veinte años de mi vida.

Alcé la mirada cuando el tráiler ya estaba a punto de pasar. Intuitivamente me preparé para saltar hacia adelante, y cuando vi de reojo que era blanco, me costó mucho hacer el salto hacia atrás.
Vaya suerte. Me tropiezo de costado, caigo sobre mi rodilla, y un vagabundo que no había visto se acerca a mí.

“Que no me asalte, por favor” — pensé mientras me paraba, y él se detuvo delante de mí.

Le busqué la mirada y, por un momento, el tiempo se detuvo.

—Todo estará bien —me dijo con voz pausada y la sonrisa más tranquila que había visto en años, y siguió su camino.

Me quedé consternado. ¿Qué acababa de pasar? ¿Habría observado todo? ¿Qué era lo que va a estar bien? Vi mi reloj y me di cuenta de que iba tarde para la primera clase. Cuando empecé a caminar, me sentí mareado y vomité en el primer arbusto que vi.
Durante las siete horas que estuve en clases, el dolor de cabeza no hizo más que incrementar, y cuando salgo de la última me dirigí a una fonda donde Karla me está esperando para comer.

—Dime que tienes algo para la cabeza —le dije.

Claro que traía medicamento, a veces pienso que ella me lee la mente, y mientras sacaba unas pastillas, recordé lo del tráiler y me sentí un poco apenado con ella.

—Karla, había una posibilidad de que hoy no llegara a comer contigo. Y no… no pensaba avisarte.

Más tarde que temprano, mis mejillas se empaparon y ella me dio un abrazo. Karla no habla mucho, pero es la persona que mejor logra tranquilizarme.

—Quizá el vagabundo se refería a que vendrán tiempos mejores —señala mi amiga al despedirse.

—Como esa canción viejita de Yuri —contesté distraídamente.

—¿Te veré mañana?

Siempre me pregunta eso antes de despedirse, y yo solo asentí, porque si hablaba, seguro volvía a hacer el ridículo llorando.
De regreso pasé nuevamente por donde vi al vagabundo. No lo encontré.
Ya en casa le conté mi día a mi madre y esperé su regaño en cuanto terminé. Prometí no ocultarle nada, pero, sorprendentemente, esta vez solo me agradeció por haber vuelto a casa.
Cenamos tamales, del puestecito donde me gustan. Y antes de irme a dormir, le digo que la amo mucho. No me lo dijo, pero en sus ojos descubrí que le dolía el alma.
Tomé mis pastillas antes de dormir. Supongo que el día me dejó agotado, porque esta vez sí quería dormir. Pensé nuevamente en el vagabundo y el tráiler, y me culpé por intentar siquiera algo tan desastroso. No sé cuántos días más me queden, porque seguramente habrá un día en que la suerte esté de mi lado. Pero, de momento, voy a seguirlo intentando.

Fragmento encontrado en el diario de un joven 9 días antes de su suicidio.

Última modificación: 2025-06-08 19:15 (hora CDMX)