Texto de Enrique A. Serrano
“Piadosa ficción”
Autor: Enrique Álvarez Serrano.
Qué extraño es. Que justamente cuando me propongo a escribir sobre mi vida, sobre las anécdotas cotidianas me aparecen una serie de malestares en el vientre: ruidos y estertores entre las tripas. Pero haciendo poco caso al asunto, acerco un banco a mi vieja mesa que hace las veces de escritorio y comienzo a teclear en la también antigua pero aún eficiente máquina Olivetti.
Hoy en particular debo decirte que soy un hombre ya entrado en años. Un viejo de casi setenta años. Contarte que afortunadamente encontré este lugar para espiar mis soledades. La renta es cara, y que apenas queda algo para cubrir otras necesidades. El dinero escasea y la pensión mensual es pírrica.
Aquí tengo una cama catre, la mesa de madera, el banco y un viejo baúl. Es lo suficiente y me basta con esto. Hasta hace poco, aquí la vida transcurría tranquila; pero han sucedido cosas que transtornan a cualquiera: la llegada de mi nueva vecina al también pequeñísimo cuartito de al lado: Hortensia, guapa señora de unos cincuenta años, que a mi ver le han asentado muy bien. Piel clara y de cuerpo seductor que embelesa mis sentidos. Su carácter va muy a tono con el mío y pronto logramos que los fines de semana tomáramos una o varias copas de wisky.
Precisamente, en una tarde de esas escuché a mi vecina con mucha atención decir:
—Imagínese vecino la casera es una mujer grosera que no conoce los buenos modales ni la decencia. Hace unos días que aparece con el rostro descompuesto y una mirada odiosa.
—La comprendo querida señora. No crea usted que la casera es de mis afectos y solo de ver su sombra por el pasillo, inmediatamente busco huir de su flemática mirada. Le dije a Hortencia.
La tarde dejaba ver la esperanza de una nueva conversación; mientras tanto, me puse a escribir y a esperar una nueva señal de mi vecina. Sin embargo, escuché los ruidosos pasos que se detuvieron frente a la puerta de la habitación contigua. Era la casera, que comenzó a golpear la puerta entre gritos:
—¡Señora, abra, vengo por la renta y no quiero más pretextos!
—Pase usted, señora, dijo Hortencia, que también yo quiero que usted sepa: que ha habido un problema con mi cheque que recibo cada tres meses y que… necesito que me espera solo unos días más, por favor… y que, además, debe saber: ¡que aquí abundan las cucarachas y otros bichos… y que no es justo pagar por una habitación llena de piojos !…
Es un verdadero suplicio y un tormento escuchar los gritos de la casera. Retumban y atraviesan la frágil pared que apenas divide nuestras habitaciones. Es un castigo que no merece un escritor como yo. La inspiración se extingue; se esfuma como volutas de humo. Mis hojas en blanco tendrán que esperar. Porque sepan ustedes, que soy un escritor serio; que yo sueño con ficciones y fantasías que nutren mi arte y dan cuerpo a mis obras; pero que aquí en este infierno todo se vuelve un fracaso y la imaginación desaparece.
Hortencia también me ha contado sus historias, sus fantasías; como la repetida historia sobre su finca con una plantación de bananas en Costa Rica… o, la incesante historia de sus ancestros, miembros de la aristocracia y de las monarquías europeas. Dice una y otra vez, que por sus venas corre la sangre azul de la realeza… Y entonces, yo la escucho y la atiendo con sumo agrado. Porque todo aquel que tiene sueños y fantasías, aunque suenen a soberbias mentiras: todo me sirve, todo esto, aunque lleno de posibles mentiras se convierte en materia prima para todo aquel que desea escribir. Porque yo soy un Escritor.
Nuevamente la casera regresó a cobrar la renta. Y volvió a vociferar entre aullidos:
—¡O me paga ahora mismo, o se larga de una vez por todas! ¡Paga o se va; faltaba más!
Mi vecina soltó el llanto, y yo que estaba del otro lado de la pared no aguanté más y entré a la escena:
—¡Basta, señora, deje en paz a esta pobre mujer!
—Ahora tenemos aquí al famoso escritor de grandes obras. Pues a los dos les digo: ¡o pagan o se van! ¡Ratas de barrio, borrachos, malparidos…!
Hortencia se pone de pie y dice:
—¡Pero señora, ya le dije que aquí está todo infestado de piojos y cucarachas…!
—¡O pagan o se van! —repitió nuevamente la casera, y yo volví a interceder:
—¡Deje en paz a esta mujer, tenga piedad, no sea injusta!
¿Dónde está dios, dónde está Jesucristo?
¿Por qué se burla de nosotros?
¿Y qué, si ella no posee una plantación de bananos?
¿Y qué, si yo no tengo ninguna obra maestra en forma de un maravilloso libro de ochocientas páginas?
—¡Largo de aquí, mentirosos!
Les confieso, queridos lectores, que todo mi cuerpo temblaba al ver semejante humillación; que era tan triste momento; que decidí pararme nuevamente y decirle a esa espantosa señora que:
—Mire, señora; sí soy un embustero, pero también usted vive en un mundo construido de espantosas mentiras, mentiras y mentiras… y que ya estoy cansado… y que no tengo dinero para pagarle… y que es mejor que se vaya de aquí. ¡Ande, váyase… qué espera: largo!
La gente no sabe que nosotros compensamos nuestras deficiencias con un solo de imaginación. Que nosotros vivimos en un mundo de piadosa ficción y de fantasías que iluminan nuestras vidas; como aquel libro de ochocientas páginas o como la gran plantación de bananas de mi amiga Hortencia…
Con dulzura volví a acercar mi mirada a los lindos ojos de mi vecina. Saqué de mi bata una pequeña botella de wisky y le ofrecí beber. Y bebimos juntos…
—Gracias, señor… —dijo ella con cierta mirada coqueta.
—¡Chéjov! ¡Anton Plavlovich Chéjov! Le dije con sobrada entereza.
—¡Gracias, señor Chéjov!
Esa tarde agotamos todo el contenido de la botella. Esa tarde volví a sentir una extraña sensación en mi vientre: algo como el aleteo de bellas mariposas.
—¡Salud, linda Hortencia!
Junio-2025
Última modificación: 2025-06-18 13:28 (hora CDMX)