Texto de Netza
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Este es un capítulo del libro que estoy escribiendo, es el mismo del que también compartí fragmentos el periodo pasado]
#DomingoDeAnécdotas (10)
Dicen que la pandemia fue como las Olimpiadas para nosotros los ansiosos. Toda una vida preocupándonos por lo peor para que nunca pasara nada. Hasta que un día sí pasó. Y como bien lo sabemos todos, justo nada nutre más una obsesión que te confirmen que lo que sospechabas resultó cierto.
Cuando vi que el Covid ya había llegado a Japón asumí que era cuestión de semanas para que también tuviéramos que encerrarnos aquí en México. Busqué un lugar cerca del trabajo donde pudiera vivir solo y con baño propio, y encontré uno que renté el mismo día que fui a visitar. No quería volver a usar transporte público porque (más en ese entonces) la gente es muy confianzuda y estornuda y tose y ni se tapa, y sale con fiebre a la calle porque no le parece grave contagiarte de una gripa. Cuando el encierro se volvió oficial unos días después, yo ya estaba instalado con lo básico como para no volver a salir en unos días. Y no salí en meses.
O bueno, sí salía a recoger el súper y a tirar la basura, pero solo a eso, y con guantes desechables y cubrebocas. Yo hacía mi propio pan y tortillas por la desconfianza en la higiene de las personas que las vendían, y dejaba reposar las cosas que recibía por entrega unos días antes de ocuparlas. ¿No me estaré volviendo loco ahora sí? Sé lo que significa la nosofobia y sí me preguntaba en qué punto ya podría considerarse patológico mi cuidado extremo en no enfermarme, y tenía una justificación para todo: tampoco estaba tan mal independizarse, es muy cómodo no compartir un baño, así tengo tiempo para mis proyectos, me ahorro mucho tiempo en recibir el súper en vez de ir yo. El año pasado puteé mucho para encontrar un novio y no me vendría mal automandarme a la banca de la búsqueda de hombres un rato. Ahora hasta he retomado contacto por videollamada con otras personas. Nada grave, todo normal y todo tolerable.
Estaba al pendiente de las noticias y todo lo que se iba descubriendo sobre el virus. Cuando el gobierno empezó a compartir los datos diarios de casos, hice un programa para poder obtener estadísticas diarias sobre la aceleración de las infecciones e ir midiendo la peligrosidad por zonas. Lo hacía porque la Secretaría de Salud sacaba un informe general por semana solamente y daba los datos por estado, y yo quería uno que fuera diario y además mostrara qué tanto subía, además de obtener la estadística de toda la Zona Metropolitana del Valle de México, porque de cierto modo los datos de la CDMX y el EDOMEX eran engañosos: ciertos municipios mexiquenses tendrían que contarse como parte de la capital y los más rurales diluían los datos que se publicaban sobre el Estado completo. Compartía la información en redes hasta que todo mundo se empezó a hartar porque ya no quería pensar tanto en eso. Quizá algunos lectores dejen este libro en este momento porque no quieren recordar esta época.
Yo me obsesioné más.
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—¿Qué es lo que te hace buscar terapia?—dijo la psicóloga en nuestra primera sesión a distancia.
—Tengo miedo de volverme loco luego de 4 meses de no tener contacto físico con otro ser vivo —contesté desde el mismo lugar que adapté para dar mis clases a distancia y videollamar a amigos.
Cuando uno ve series donde el protagonista está medio perturbado de la cabeza siempre hay un episodio casi al final de temporada donde por fin va a terapia (o al menos a un grupo de autoayuda) y todo se empieza a resolver desde ahí. Pero en la vida real nada realmente epifánico sale de la primera sesión. De hecho, en las primeras que tuve, hablé más sobre lo mucho que quería tener un novio y lo mucho que me gustaba un amigo de un ex que cuando andábamos lo invitábamos a tríos. Sobre todo porque esa parte de las sesiones donde te preguntan sobre tus padres y tus dinámicas con ellos me la quería saltar, porque según yo mis problemas no venían de ahí y yo estaba bien con ellos. Tampoco era tan raro, porque sé que el segundo tema más tratado en terapia (luego de la familia, como ya mencioné) es justamente sobre parejas. Pero evidentemente había una relación entre encerrarme y estar -como se dice ahora-
touch-starved (hambreado de que alguien me diera aunque sea un abrazo). No es que me diera miedo la gente. Pero sí me dan asco las personas cuando están enfermas. Antes de todo esto llegué a terminar citas de golpe porque al que vi tenía gripa, y yo ya era el del gelecito en las manos antes de ponernos a comer. Cuando alguien estornuda o tose en el transporte público lo volteo a ver como si se hubiera pedorreado. Cuando veo a alguien agarrar comida con las manos sucias se me figura que veo a un chimpancé. ¿Es eso misantropía? Esa idea de ver a los demás como focos de infección es muy perniciosa. Contradictoriamente, al mismo tiempo me encantaría tener a un precioso a mi lado en mi colchón inflable para ver una película, no importa que esté sin bañar. Es más, si le huelen los pies, mejor. Cuando se puso de moda eso de hacer exposiciones en las pedas yo dije «si un día hago una la mía se llamaría “Por qué sí pueden gustarme las patas y ser nosofóbico”» y explicaría cómo justamente una cosa es la otra cara de la moneda de la otra. Aunque yo creo que no me vuelven a invitar a una peda nunca.
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Es mi cumpleaños. Y ya me felicitaron varios, hasta tú. Voy a pedirme una pizza y una rebanada de pastel del Walmart. ¡Quizá sí tenga salvación!
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Lo malo de estar tanto tiempo solo es que uno puede pensar más en muchas cosas y empiezas a extrañar a todos. Mientras lavaba los trastes me acordaba de cuánto me gustaría volver a ver a algún amiguito que se desapareció de pronto o de anécdotas de pena ajena (propias y de otros) que ahora más que cringe me dan risa. Aunque tenía contacto digital con algunas personas e incluso daba clases a distancia dos días a la semana, sabía que algo estaba mal. Pasaban días en que las únicas palabras que emitía eran un “buenos días” y un “buenas noches” para controlar las luces de la casa con el Google Home, y lo notaba porque la voz salía diferente, como por no usarla. Y pensé que no era tan malo, peor sería hablar con los muebles o con las cosas como se caricaturiza a los loquitos y pasa con mi princesa de Disney favorita, Bella, de quien un par de novios me dijo que soy ella porque me gusta leer y tiene una canción para pendejear a los de su pueblo por básicos, y se enamora de alguien que la tiene como propiedad. Sí soy. O como en
Bienvenido a la N.H.K., qué fantasía ser un
hikikomori mexicano.
Para no espantar a mis contactos de que ya me había vuelto más loco empecé a hacer recetas y a subir videos tutoriales: gelatina de mazapán, machucado mixe,
chīzu pan... y todo solo para el video o las fotos, porque solo lo probaba y se iba a la basura. Porque lo hacía más como para mostrar que estaba bien más que por antojo. Si podía hacer esos platillos es porque todavía era funcional, ¿no? Era capaz de alimentarme a mí mismo y hasta de ser didáctico. O sea, según yo sí tenía práctica en eso de fingir cordura. Toda una vida de sentirme ajeno a mí mismo en mis comportamientos como para que la gente tuviera la impresión de que era como ellos. Desde niño hasta ahora al dar clase. Siento que hay gente que nota mi farsa instantáneamente, pero pienso que si es tan lista como para descubrirme puede ser cómplice de mi engaño, así como seguramente quien me descubre también hace lo mismo. A veces pienso que en realidad así somos todos pero solo algunos lo reconocemos. Solo unos cuantos, nos atrevemos a reconocerlo. Los japoneses tienen una división muy clara entre lo que muestran a los demás (
tatemae) y lo que realmente anhelan (
honne), y por eso no se me hace tan raro -aunque sí hipócrita- que yo igual me anime a ser así. De lo que no estoy seguro es si los demás también se sienten siempre en ese finísimo linde de la locura.
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Siempre fue parte de mi plan alejarme de todos, para que cuando me mate no me sientan tan cercano, y ahorita creo que ya lo logré.
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Ya es día de muertos. Me gusta que este día me pintan la cara de catrín y voy al trabajo a dar clase así. Estos últimos años me pintaba mi hermana. ¿Y si ahora lo intento yo? No creo que sea tan difícil. Además, soy muy bueno para ponerme filtros, por eso le dan tanto like y corazoncito a mis fotos, y además así también doy la señal de que estoy bien, si hasta tengo tiempo de andar maquillándome y así.
Me acuerdo que una vez fui al IMSS pidiendo que me enviaran a psiquiatría y la médico familiar me vio con extrañeza y dijo “pero no tienes ojos de loco”. En ese momento me sentí muy halagado. Esa vez ni siquiera me dieron receta de complejo B “para que me tranquilizara”, como alguna otra vez. Ahora cuando me veo en el espejo busco en mis ojos algo que evidencie mi estado mental. ¿Se verá en las fotos? Cuando veo la que puse en la portada de este libro —justamente de catrín— veo a un chavo normal. Solo yo sé cómo estaba sufriendo por dentro, cómo experimentaba esa soledad insoportable que físicamente duele. Pero no sé, igual son los filtros.
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Perdón que divague tanto. Cuando uno está así solo se va perdiendo por los caminos por donde sus pensamientos lo van llevando. Sin nadie que te diga ay ya cállate estás diciendo mamadas es muy fácil pasar de una cosa a la otra, de una escena de una serie que me conmovió a las esperanzas que tengo de que pronto salga una vacuna y eso solucionaría todo.
Lo bueno (y lo malo) es que cuando escribes nadie puede callarte.
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Voy a aprovechar este tiempo encerrado para escribir un libro con anécdotas de las personas que más quise. Sirve que así puedan entender por qué hice lo que hice, como en
13 reasons why. Pero que no sean reclamos, que sean mejor más como homenajes. Y con cosas chistosas y quizá hasta puercas, porque qué hueva leer tanto sufrimiento.
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Quizá ahora todos los que siempre decían que me la pasaba encerrado, (
ENCERRADO, de cerrado, de cerrar, de cerrar de verdad) antes de la pandemia entiendan la diferencia entre no querer salir y estar encerrado de verdad.
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Ahora mi refugio ante tanto aislamiento son mis proyectos. Además de escribir y hacer programitas me gustan mucho los diccionarios, y creo que sí hay que ser medio autista para eso. Me gustan las listas de palabras de varios idiomas y organizarlas de en qué orden aprenderlas, tener su equivalente en español y a veces hasta explicarlas. De eso fue mi tesis de licenciatura y la de maestría aunque nunca la acabé. Creo que lo que más me atrae de todo es que saber muchas palabras mitiga un poco ese sentimiento horrible de estar en un mundo que no entiendes. Mira, aquí alguien dijo algo y no lo entiendo, y eso es triste. Pero si me voy enunciado por enunciado, frase por frase, palabra por palabra, morfema por morfema, fono por fono y hasta rasgo por rasgo pueda entender todo y sentirme menos solo. ¡Oh no!, olvidé el tono y los suprasegmentales. Y los demás niveles que son tan difíciles de analizar, los gestos, la pragmática, las convenciones sociales, el conocimiento del mundo, la biología de la cognición... pero lo sigo intentando, de verdad, lo sigo intentando, de verdad que sí.
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Subí una putifoto en una instastori porque así te mandan mensaje muchos. Me dices que hay que vernos, que si la siguiente semana y yo obvio que quiero porque llevo años enamorado de ti y qué especial sería que fueras el primero que viniera de visita y rompieras esta racha insufrible de falta de contacto humano presencial que ya va para ocho meses. Tal vez tú puedas detener esto en lo que me estoy convirtiendo.
Pero me cancelas dos veces y me envías una foto de cómo te pones una mascarilla. Supongo preferiste ver a alguien más. ¿Y quién podría culparte?
Lo malo es que luego de esto esa cordura falsa ya se me hace imposible de mantener.
Última modificación: 2025-06-26 10:13 (hora CDMX)